¿Loco?

Para: Guy de Maupassant

Quizá estaba loco o celoso. No lo sé, pero es algo inusual observar un comportamiento tan peculiar como el de Él. Se amaban, me consta desde la primera vez que los vi.

Eran una pareja joven. La mujer era hermosa en toda la extensión de la palabra, sonrisa, boca, mirada, y las líneas de su cuerpo torneado, tal parecieran esculpidas por algún dios solitario. El hombre, por su parte, tenía un aire distraído e inseguro, mas lo compensaba con una gran amabilidad. Yo estaba hay de paso como todos los pobres infelices que mendigan por un pan. Mi trabajo era en las caballerizas, al cuidado de la pura sangre.

Casi asistía por lo regular en la casa, por ello puedo conferirte este espeluznante relato, donde lo mas importante no es en sí la historia si no el concepto.

Pasaron los días, se instalaron, trajeron consigo objetos de distinta índole, cuadros de extensos paisajes, ropas de elegantes diseñadores, esculturas famosas en miniatura, etc. Sin embargo nada de eso era tan importante como las sillas de montar de Ella.

Hacían el amor al amanecer, al medio día y al anochecer; lo sé no estoy loco… me encontraba cerca, lo suficiente como para escuchar los forcejeos arriba de la cama, o el sofá. De un momento a otro, todos aquellos encuentros cesaron, ¿se les acabaría el cariño? ¿El cuerpo ya no podía más? Fuese la que fuese la causa, todo empeoro, el hombre que conocí de actitud amable desapareció mutando en un hibrido de hijo de Satán, ni a los caballos volvió a ver. Trataba mal a su mujer, que todas las mañanas prefería tomar al mejor equino y partir a donde solo dios sabia; muchos criados comentaban que se arto del marido por ello busco a un amante, otros perjuraban en vano “son manías de mujer herida, mal satisfecha”.

El patrón andaba siempre de un lado a otro en la casa, podría dar mi vida que no ha de valer mucho para prometer que espiaba a la ama. Una tarde mientras llevaba al semental a su estancia, vislumbre como los señores desde una ventana lo miraban; ella con ternura, él con celos ¿Celos? No dormí bien esa noche, después descubrí por qué.

La mañana revestía el horizonte, sin embargo me percate de la salida del señor a una hora temprana, se veía su silueta en el fondo de colores naranjas azuladas, al mirar otra vez después de haberme frotado los ojos, preste atención a una gran cuerda y armas; las de chacha fina, las del patrón.

¿Para que querría esos instrumentos? ¿Casería?

Como cada alba la señora me pedía al corcel, acomode la silla, la ayude a subir, calle mi visión matinal y la diferencié perderse por el mismo sendero, bosquecillo de abedules.

Ahora puedo decir que me pesa la conciencia, al igual que ha él. Pues los dos disparos que escuche entre cortados por las ondas del viento, al igual que el berrido de animal, disiparon mis dudas; los matos, por qué, no lo sé o quiero ignorarlo ¿acto pasional?

Dime tú, acaso estoy igual de loco.

Artemisia Gentileschi

Me acuerdo

Me acuerdo del libro de “Ficciones”

Me acuerdo que lo escribió un argentino

Me acuerdo de intentar leerlo a la primera

Me acuerdo muy poco de los cuentos

Me acuerdo que costó 60 pesos

Me acuerdo que lo leí en Enero

Me acuerdo que tenía muchas referencias que no entendía

Me acuerdo que no podía dormir por leerlo

Me acuerdo de mi madre en la sala donde leía

Me acuerdo de la sala

Me acuerdo de sus referencias orientales

Me acuerdo que fui a oriente en navidad

Me acuerdo que un Chino chocó conmigo en el metro

Me acuerdo que llevaba un libro

Me acuerdo de la portada

Me acuerdo que decía “Borges para principiantes”

Diario de una numismática

*

Hace tiempo que no escribía en tus páginas. Empiezo a creer que mis actividades cotidianas, el trabajo en el museo, mis clases en el ANE, la familia y los amigos me han separado de ti lentamente. Quizá te preguntes por qué precisamente hoy, después de casi cinco meses, he regresado a contarte la anécdota de mi día. La respuesta es simple. Es mi cumpleaños número 32.

Me levanté a las 6 de la mañana. Fui al baño, me lavé la cara y me vi en el enorme espejo circular que se encontraba sobre el lavabo. Mi rostro, en tan sólo un año, había perdido su tono rosado, las ojeras que aparecen a causa del cansancio excesivo habían encontrado alojamiento en las comisuras de mis ojos. En pocas palabras estaba envejeciendo.

Abstraída en tal pensamiento recordé que era lunes; día de trabajar. En cuanto a mis actividades en el museo, en realidad, no ocurrió gran cosa. Mi oficina, como tú has de saber, está en ese espacio invisible para los visitantes, atrás de una puerta que dice “Sólo personal autorizado.” ¿Recuerdas?, en ese lugar escribí mis primeras apreciaciones sobre mi trabajo, la emoción que me había producido encontrar una vacante para restaurador de objetos metálicos antiguos. Ahí en mi oficina, que se asemejaba más a un laboratorio, restauré mi primer lote de monedas, unos chelines acuñados en 1505, hermosas piezas que fueron encontradas en un cofre a las afueras de Durham, London. Cabe mencionar, que irónicamente, en la actualidad están en manos del gobierno español. Qué curioso.

Por lo que respecta a este día me puse a trabajar en unas monedas de Yuan Shih Kai con aleación de cobre, su problema es el exceso de pátina que hace casi imposible reconocerlas. En seguida tomé mis guantes de látex, puse una de las monedas entre mis manos y la pasé por la lupa. Mientras tanto pensaba: “¿Dónde se habrá encontrado este metal hace 30 años, o para ser exacta, hace 100?”

Anverso

Lo Dionisíaco

Las palabras existen y seguirán existiendo. La verdad se estrecha en las antiguas normas, sin embargo depende de las futuras generaciones atribuirles el signo de autenticidad. En éste gran panorama me encuentro yo, en las grandes calles de la Pampa, bebiendo ron con extranjeros iguales a mí. Y pienso ¿Cuántos años han pasado desde que el primer hombre probó la bebida?, en seguida los compañeros me llaman a su encuentro y entre las diversas cavilaciones del día sale a relucir el nombre de Dionisio ese mal parido por los dioses.

¡Venga otra ronda para el grupo!, gritó el gaucho. Empezamos a beber otra vez. En cuestión de segundos hablábamos de filosofía, y chingaderas similares. Un camarada italiano en mascullado español me dijo. Usted amigo mío es el ejemplo más claro de un carácter apolíneo, se establece metas ascéticas conformándose con la contemplación. Sería mejor que busque una chica de la Pampa y se olvide de la filosofía.

Al escuchar tal cosa me retiré al otro extremo de la sala. No podía creer lo que ese pelado me había dicho. Yo nunca seré apolíneo, ni pienso serlo, eso es para los jóvenes novelistas que pretenden puestos de oficina. No señor eso no es para mí, un ente  dionisíaco, destinado a renacer en mis pálidos versos, muriendo en el proceso de escritura, heredero de esos escritores bárbaros de mi tierra, rebeldes ante la rigidez de las formas.

En estas reflexiones me distraía, mientras a lo lejos se escuchó un ruido sordo. ¡¡Pau!! Era el gaucho, que había buscado pleito con el italiano que de un solo golpe lo hizo caer. Al ver eso, quizá por efectos del alcohol, vi un rayo en lugar del italiano. Y recordé el viejo mito de Dionisio; sus mutaciones, la especulación sobre su persona, la imagen que los poetas tienen de él, pero sobre todo su muerte. Ese mito de su muerte que no me puedo creer, ya que Dionisio nunca murió  , solamente se transforma en la cabeza del que escribe. Unos le llaman musa, otros le conocen como sátiro, sin embargo el fin es el mismo, justificar la barbaridad que significa escribir, quizá por eso me digo dionisíaco para justificar la ebriedad de mis palabras.

Lo Dionisíaco