Fragmento de la novela “La herencia de Dios”

I. Siempre que mires al cielo.

Mirando el cielo se encontraba Soledad cuando algo inoportuno interrumpió sus pensamientos, eran personas diciéndole que hablara, mas ella no sabía hablar esa extraña lengua que llamaban español, sin más ni más huyó de ese lugar entre la maleza en la que había vivido la mayor parte de su vida. Corrió lejos lo más lejos que sus piernas le dieron, hasta que llegó a un pequeño pueblo llamado San Francisco, donde fue encontrada por un par de campesinos del lugar.

— ¿Quién eres frágil criatura?— preguntó la señora con dulzura.

—Soledad…—y calló desmallada a los pies de aquella persona.

Los campesinos asombrados del repentino desfallecimiento, resolvieron llevarla hacia su casa, pequeña, humilde, pero llena de amor construida con cimientos de agave. No se podía esperar otra cosa, pues la población de este pueblo sólo era de tres mil habitantes, todos hundidos en la decadencia económica por las malas cosechas, puesto que no llovía desde hace meses.

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