Abolición de la mala fe

El hombre, sin ningún apoyo ni socorro, está condenado

a cada instante a inventar al hombre.

*

En el hombre la existencia precede a la esencia

Jean Paul Sartre

Anne-Marie se sentía sola. Le habían matado a su marido y no quería regresar a casa de su padre, mas no tenía ninguna otra opción, su hijo apenas tenía dos años. No podía mantenerle sola, así que abordó el primer tren con destino a la ciudad.  Después de un largo viaje llegó a la estación. Nadie le esperaba. Minutos más tarde caminó por las calles intentando reconocer en cada esquina su niñez, sin embargo, lejos de olvidar su tristeza ésta se acentuaba más. Su pequeño hijo empezó a resentir el viaje, por consecuencia se quedó dormido. Anne al dar vuelta en la calle Noir reconoció al fin su antiguo hogar. Tocó el timbre. La puerta se abrió y su padre, al que desde hace mucho tiempo no visitaba y mucho menos le escribía, le recibió con una media sonrisa.

Charles Schweitzer era un hombre ocupado. Dedicado casi por completo a su trabajo en el Instituto de Lenguas Vivas del cual era director, pero con el regreso de su hija tuvo que rehacer su itinerario para dedicarle tiempo a su nieto o por lo menos equilibrar las atenciones. El niño se llamaba Paul y creció con rapidez en medio de la biblioteca personal del abuelo, clases privadas, la ausencia de la madre, su nuevo padrastro, la enfermedad. El padecimiento que acabaría  con uno de sus ojos, y más tarde ocasionaría la pérdida de su cabello rizado, reflejo de su niñez. Estos acontecimientos le marcarían ya que vio algo muy distinto en el espejo y lo que es peor se dio cuenta de que los demás ya no reaccionaban a él como antes, había perdido su encanto.

Sintiéndose marginado por la sociedad el joven Paul se dedicó casi exclusivamente a los libros, materia en la cual desde su infancia ya estaba versado, por lo tanto fue buscando retos cada vez más arduos para su pensamiento que terminaron volcándole a la filosofía donde cuestiones tales como; qué impacto tienen nuestras relaciones con los demás, cómo a su vez pueden o no significar algo, y en qué sentido después de mantenernos en sociedad terminamos por darnos cuenta que no existe nada de qué asirse, ni pasado o futuro, destino o muerte, toman sentido.

La filosofía junto a las letras de ahora en adelante serían para Paul una guía de vida, por ello entró a la escuela Normal de Paris en donde con ayuda de unos compañeros desarrollaría plenamente sus teorías sobre los hombres, reconocería autores olvidados e intentaría hacerse responsable. Sus primeros días en el campus eran aburridos, no encontraba mucho interés en las figuras educativas, no obstante hallaba enriquecedor conocer diferentes tipos de personas. Un buen día en un café conoció a sus camaradas Maheu et Nizan personajes que lejos de lo extraordinario admirarían en su colega Jean Paul Sartre las posturas filosóficas, el desapego hacia toda norma social o los valores establecidos que pregonaba eran innecesarios.

Los tres mosqueteros Maheu, Nizan et Sartre nunca se separaban, cada tarde discutían sus reflexiones, hablaban sobre los libros que publicarían, sus amores. En este aspecto los tres se veían apáticos, sin embargo no había muchacha en toda la universidad que no fuera pretendida por alguno de ellos. Cada uno infatigable en la experiencia de aprender de otros, o mejor dicho analizar patologías de comportamiento, buscó las relaciones adecuadas. Entre esas amistades destaca una mujer que entablaría una estrecha relación con Sartre unos meses antes de terminar la universidad; Simone de Beauvoir quien introduciría a Paul en el campo literario dándole con ello la idea de llevar sus inquietudes filosóficas a la literatura.

Y así fue como Sartre, años más tarde ya graduado de la carrera, abrió la caja de Pandora, dejando fluir la escritura de sus antes encerrados pensamientos e inició a trabajar en una novela de la cual sólo esperaba plantar en los lectores un pensamiento crítico mediante el desequilibrio de su perspectiva existencial. He aquí donde entro yo, pues terminado su libro el filósofo treintañero, ya que los años no pasan inadvertidos, me pidió hacer una reflexión sobre esta novela, comprometiéndome con ello a realizar notas sobre sus obras siguientes. Debo confesar, inicié esta labor no con mucho placer, pues no me había relacionado de manera estrecha con las posturas que él planteaba, sin embargo, ya que mi trabajo estaba enfocado en los procesos históricos, no dudé en tomar partido de esta experiencia. La única condición que puse a Paul fue que, en complicidad, le mandaría un borrador de cada trabajo que él me encargase. Teniendo como resultado lo siguiente.

 

  1.    La náusea o inicio de la crisis.

26 de octubre de 1937

A mi querido amigo Paul. Esperando sea de su agrado.

La literatura es un viejo baúl de cosas polvorientas que a simple vista son algo común, mas si examinamos el fondo encontraremos cosas sorprendentes. La visión, pues, es un factor primordial dentro del mundo literario. Para mi colega   Sartre la literatura tiene muchas caras, y la novela como máxima expresión contemporánea siempre será símbolo de algo más allá de la comprensión normal. Por esto, si quiero hablar de literatura en la obra de Paul, forzosamente tengo que referirme a su perspectiva filosófica.

En su primera novela La náusea libro programado a salir el próximo año, puedo inferir un lenguaje oculto, donde colinda la desesperación con la locura. Lo que a grandes rasgos me ha parecido sorprendente, por una parte es el manejo del lenguaje y por otra la simplicidad de la historia. Escrita en forma de diario, narrada desde la óptica del protagonista Antoine Roquetin hombre solitario que poco a poco va perdiendo el interés en todo, las visitas a la biblioteca, el sexo ocasional, su trabajo de investigación sobre un aristócrata de finales del siglo XVIII, las cosas, describirá su desapego como una especie de nausea.

Su camisa de algodón azul se destaca gozosamente sobre una pared chocolate. También eso da la Náusea. O más bien es la Náusea. La Náusea no está en mí; la siento allí, en la pared, en los tirantes, en todas partes a mi alrededor. Es una sola cosa con el café, soy yo quien está en ella.[1]

El distanciamiento es un síntoma de crisis, Antoine lo sabe y lucha contra él, pero es evidente que no puede ignorar la decadencia adquirida que parte de un acontecimiento clave, el desprendimiento, un estado de inanición, restricción de todo lo vital, eso es lo que atraviesa Antoine en las páginas del manuscrito que desde inicio a fin muestran cómo la incertidumbre, palabra curiosa utilizada hoy en día para referirse a cualquier situación de la que no sabemos el resultado, se va traduciendo en un estado de quiebre, pero a la vez de sumisión ante la propia existencia.

Los objetos van perdiendo su sentido habitual de manera paulatina, el hombre no se queda inerte ante la situación, busca respuestas, mas no las encuentra en los lugares u otras personas. Se va desilusionando hasta caer en lo que Sartre llama la angustia[2], ahí, en ese momento es cuando percibe su libertad absoluta, y como no siempre se quiere percibir tal situación, propicia el nacimiento de la mala fe[3]. “El existencialismo suele declarar que el hombre es angustia. Esto significa […] no puede escapar al sentimiento de su total y profunda responsabilidad.”[4] , pero sí enmascararla detrás de los papeles que la sociedad le ha impuesto. Antoine al interactuar con el autodidacto, la mesera del café, sus vecinos, se da cuento de la falta de conciencia del hombre para aceptar su responsabilidad. Se fastidia con la voracidad de lo cotidiano que va alejando al hombre de su libertad.

La novela se sustenta por tanto en un hecho básico, las cosas decaen siempre para transformarse en crisis, es decir, las cosas cotidianas no deben ser un pretexto para nuestra existencia, ni nuestra existencia un pretexto para las cosas o terminaremos cosificándonos.

 

*

La semana siguiente recibí una carta de Sartre donde deseaba que modificara ciertas partes y agregara otras. Acepté. El tiempo pasó muy rápido en París, los días dieron pie a las semanas, las semanas a los años. Término el año 1937. Tomó el siguiente su lugar. La novela de Paul fue recibida a inicios de ese año con gran expectación por sus seguidores, desde mi enfoque parecía un héroe nacional. No la compré. 1938 fue un año calmado, la ciudad esperaba que el año siguiente fuera igual o mejor, para mí representó una carga de trabajo excesiva pues a mediados del ‘39, mi amigo Paul me hizo entrega de otro manuscrito ahora constituido por un volumen de cuentos que quería comentara para su publicación ese mismo año, pero en septiembre de 1939 se había declarado la segunda guerra mundial, dejando mi trabajo en pausa. Entre los inconvenientes por la ocupación nazi en Francia, me las arreglé para finalizar la edición, corrección y publicación. Pues como era de conocimiento de amigos, los nazis vendrían por Sartre.

 

2.  El muro o la crisis.

1939

Sin remitente.

La vida de los escritores en muchos casos parece sencilla, en ocasiones se olvida que ellos también son hombres. Eso ha pasado con Paul a lo largo del tiempo, le han deshumanizado, empero, existen muchos hombres que matarían por tener la fama que él posee, mas desalentados alegan para consolarse que es el destino quien maneja el papel que desempeñamos en la vida. Cuando Sartre escuchaba esto por lo general se incomodaba. El libro El muro, desde mi perspectiva, nace de este hecho; el destino como bálsamo para cualquier mal es una excusa.

Como quizá ya estén aburridos de escuchar a un viejo historiador, de este libro sólo tomaré en consideración el primer cuento, ya que es el que da nombre a la obra y expresa la crisis que, en el comentario anterior, había nacido. Si La náusea es el inicio de la crisis en base a la toma de conciencia, El muro es la crisis en la desmitificación de una de las dos grandes máquinas que mueven la mala fe; el destino.

En este cuento, narrado por un criminal de guerra que sabe que va a morir, se presenta la crisis en su máximo esplendor, pues la situación del personaje principal es frustrante. La presión de saberse inmovilizado le hace comprender que el destino no existe y todas las aparentes posibilidades están fuera de alcance. Termina asumiendo su responsabilidad en medida de su toma de conciencia ante la situación, lo que pone a todo lector una cuestión básica ¿Es el hombre en situación plenamente libre?, lo sugerido por la lectura del muro es que sí, todo individuo que se ve en situación puede ser libre en ese instante.

Los otros personajes que aparecen junto al protagonista son todo lo contrario a esta toma de conciencia, pues son cobardes, no digo que el protagonista no lo sea, la diferencia estriba en que los otros, por sus acciones, siguen siendo cobardes.

Lloraba. Vi perfectamente que tenía lastima de sí mismo; no pensaba en la muerte. Un segundo, un solo segundo, tuve también deseos de llorar, de llorar de piedad sobre mí mismo. Pero lo que ocurrió fue lo contrario: arrojé una mirada sobre el pequeño, vi su delgada espalda sollozante y me sentí inhumano: no pude tener piedad ni de los otros ni de mí mismo. Me dije “Quiero morir valientemente”.[5]

El juego entre lo que se decide hacer con las posibilidades que se tienen, y lo que ocurre si no se toman, son el tópico principal en esta trama. Cada personaje se ve envuelto en la misma situación, empero no todos reaccionan ante ella con el mismo carácter o estrategia, porque en su vida anterior a este momento su voluntad[6] se veía carente de herramientas “Quiere decir […] depende de nuestra voluntad para hacer posible nuestra acción”[7] una labor asociada a la condición particular del individuo.

La intención de la obra, hablando de manera general, es comprobar mediante unos personajes verosímiles que la mala fe no solo se sustenta en roles sociales preestablecidos, sino también en roles abstractos colectivos como el destino donde la libertad carece de significado, sin antes haber tenido un desapego al determinismo.

 

*

Ha pasado mucho tiempo desde que Jean Paul fue hecho prisionero por los nazis. El otoño ha pasado dejando un hueco enorme en la conciencia de Francia, los gobernantes tienen miedo al igual que la gente común. Sinceramente creía que los tiempos de opresión nunca terminarían, pero por suerte me equivoqué; París fue desalojada y los presos de guerra puestos en libertad. Sartre, a partir de los cuarenta, envejecía con mayor rapidez. Parecía que el tiempo en prisión le hubiera enfermado. Dejó de buscarme un tiempo, ya no éramos tan cercanos, hasta que una mañana recibí una nota con tilde de urgente. Era una breve carta de mi viejo amigo donde me hablaba de su repentino interés por el teatro como refugio sagrado para la colectividad de posguerra. Me pedía de manera casi eufórica me pusiera al corriente con su nuevo proyecto de incursionar como dramaturgo. Pasaron algunos meses y ya tenía la nueva obra programada a salir en mayo de 1944.

 

        3. A puerta cerrada o el fin de la mala fe.

Abril de 1944

A un viejo amigo.

Una pregunta muy usual en la vida de todos los seres humanos es qué hay más allá de la muerte. Esta idea inquita al hombre desde sus primeros signos de raciocinio. Han existido infinidad de autores que hablan del asunto, mas son pocos los desesperados que encarnan la angustia de tal hecho en sus historias. En el caso de Sartre, la forma de ver a la muerte o lo que hay más allá de ella está estrechamente ligado al sentido cristiano, puesto que este autor toma como punto de partida la concepción del destino final como una mitificación cultural donde los humanos encuentran una forma de consuelo al concebir en esa gran abstracción, que es la muerte, un lugar de salvación. En esta pieza teatral, que desde mi perspectiva es la mejor que he leído en mucho tiempo, los lugares de reposo se presentan lejos del planteamiento hecho en la biblia.

La historia comienza con Garcin y un camarero en lo que aparenta ser la habitación de un hotel lujoso. La descripción del sitio es bastante corta, pero resalta a la vista el detalle de la carencia de algún objeto en apariencia peligroso.  Lo curioso es que a ese lugar van llegando otras dos personas, Estelle e Inés. En seguida de la aparición de esas dos mujeres, las escenas subsecuentes se dedicarán por entero a presentarnos las relaciones que en poco tiempo los personajes adquieren al compartir un estado en común; la muerte.

Inés: ¿Sufrió usted mucho?

Estelle: No. Estaba más bien atontada.

Inés: ¿Qué fue?

Estelle: Una neumonía […] ¿Y usted?

Inés: El gas.

Estelle: ¿Y usted, señor?

Garcin: Doce balas en el pellejo. […] Discúlpeme no soy un muerto recomendable.[8]

A estas alturas se estarán preguntando qué sentido tiene morir, compartir una habitación con otras personas, dónde está el infierno. Pues la única repuesta es la imposibilidad traducida en hostilidad. Una hostilidad que lleva a los personajes a cruzar los límites de la intimidad hasta el grado de torturarse a sí mismos y a los otros al dejar su alma desnuda. La proeza, en tal caso, de cada protagonista es descifrar por qué están ahí sin poder ir a otro lado, valorar la magnitud de sus actos cometidos en vida, encarar el hecho de que están muertos, pero al mismo tiempo sentirse tan vivos.

En esta obra, la decadencia adquiere su punto culminante, ya que si en La náusea se da la iniciación mediante el desapego de lo cotidiano, en El muro se deshace el sentido del destino como bálsamo milagroso, A puerta cerrada viene representando el fin de la crisis ante la existencia porque después de morir sigue otra existencia quizá inconcebible.

 *

Al concluir mi trabajo lo envié a Paul para averiguar si le parecía apropiado para su libro. Un acontecimiento curioso fue que me invitó a salir para hablar sobre temas varios, él no era un individuo que buscara personas y más les invitara un trago, empero le acepté la copa con cierta sospecha sobre sus intenciones. Al día siguiente se presentó en el café donde nos conocimos. Lo primero que hizo cuando me vio fue sentarme en una silla, después me contó en pocas palabras el sentido de sus obras. Viejo amigo, dijo, estoy en el ocaso de mi vida y nunca me he retractado de las posturas que he propuesto, sigo siendo un mahometista libertario en todo sentido, he incluso al verme vulnerable a los ataques de mis detractores mi pensamiento nunca ha dejado de cuestionarse “¿Quién soy?”

 

[1] Jean Paul Sartre, La náusea, Época, México, 2008, p. 27.

[2] En sentido Sartriano el hombre al entrar en angustia tomo conciencia.

[3] La mala fe es el término que utiliza Sartre para designar el hecho de que los hombres niegan su libertad, mediante la identificación de roles se “cosifican”.

[4] Jean Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo, Quinto sol, México, 2012, p. 36.

[5] Jean Paul Sartre, El muro, Época, México, 2008, p. 39.

[6] Entendida en el término clásico como raciocinio.

[7] Jean Paul Sartre, op. cit., p. 46.

[8] Jean Paul Sartre, La puta respetuosa/A puerta cerrada, Losada, Esaña, 1984, p. 84.

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