Porchia y la poesía mínima. Reflexiones

El mundo de la poesía es muchas veces visto con los ojos del pasado más acérrimo, es decir bajo los ojos de Góngora, Paz o incluso los profesores de las academias. Si bien la poesía tiene reglas instauradas desde hace más de dos siglos, es preciso recordar que la motivación de la poesía, en gran medida, radica en un mundo más allá del terreno y del propio sentimiento que muchas veces es lo que la mayoría cree.

Así como en la narrativa constantemente se van rompiendo formas, en la poesía se van transformando métodos y conceptos. Una de esas transformaciones es la que percibimos en los poemas de autores como Jaime Sabinas u Antonio Porchia, del cual versaran están líneas por su economía en el uso del lenguaje con lo cual demuestra una increíble habilidad para encontrar en la más mínima palabra u oración un poema.

Porchia fue un poeta singular y en mis propias palabras brillante, pues acerca a sus lectores a grandes contenidos en pocas palabras, con ellos inscribiéndose a la corriente del Aforismo, pues sus poemas son “quizá […] una de las formas […] auténticas y profundas del diálogo con uno mismo; un diálogo crítico, despiadado, irónico, autoparódico.”[1] Por ejemplo en el poema; Quien me tiene de un hilo no es fuerte; lo fuerte es el hilo, vemos esa síntesis de pensamiento al que Porchia quería llegar más por una reflexión personal que por llegar a un sentido estético.

Si descomprimimos el poema en partes, nos percataremos que está compuesto por una negación y una afirmación, a su vez vemos que el protagonista por así decirlo del poema es el sustantivo hilo, ya que su intromisión en la primera parte es sólo para darle intensidad a la segunda. Otro detalle notable es que quien me tiene de un hilo es una configuración del dicho popular me traen de un hilo o me traen de un ala.

Quien me tiene de un hilo no es fuerte; lo fuerte es el hilo.

Lo que hace Porchia es tomar este dicho para así darle otro sentido, un sentido de poder pues por lo general se entiende por el dicho popular que la persona de la cual estamos enamorados, o que nos atrae mucho tiene la facilidad de tenernos en sus manos, sin embargo en el sentido de Antonio Porchia lo fuerte no es la persona en sí, si no la atracción que ésta ejerce; he aquí el sentido simbólico del hilo, el hilo es la atracción.

En conclusión la poesía que muchas veces no es considerada poesía, tiene mucho contenido. En este caso se nos pide dejar de idealizar a la persona para concentrarse en el móvil que nos atrae hacia ella.

[1]http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=286&Itemid=1&limit=1&limitstart=1

Antonio Porchia

¿Loco?

Para: Guy de Maupassant

Quizá estaba loco o celoso. No lo sé, pero es algo inusual observar un comportamiento tan peculiar como el de Él. Se amaban, me consta desde la primera vez que los vi.

Eran una pareja joven. La mujer era hermosa en toda la extensión de la palabra, sonrisa, boca, mirada, y las líneas de su cuerpo torneado, tal parecieran esculpidas por algún dios solitario. El hombre, por su parte, tenía un aire distraído e inseguro, mas lo compensaba con una gran amabilidad. Yo estaba hay de paso como todos los pobres infelices que mendigan por un pan. Mi trabajo era en las caballerizas, al cuidado de la pura sangre.

Casi asistía por lo regular en la casa, por ello puedo conferirte este espeluznante relato, donde lo mas importante no es en sí la historia si no el concepto.

Pasaron los días, se instalaron, trajeron consigo objetos de distinta índole, cuadros de extensos paisajes, ropas de elegantes diseñadores, esculturas famosas en miniatura, etc. Sin embargo nada de eso era tan importante como las sillas de montar de Ella.

Hacían el amor al amanecer, al medio día y al anochecer; lo sé no estoy loco… me encontraba cerca, lo suficiente como para escuchar los forcejeos arriba de la cama, o el sofá. De un momento a otro, todos aquellos encuentros cesaron, ¿se les acabaría el cariño? ¿El cuerpo ya no podía más? Fuese la que fuese la causa, todo empeoro, el hombre que conocí de actitud amable desapareció mutando en un hibrido de hijo de Satán, ni a los caballos volvió a ver. Trataba mal a su mujer, que todas las mañanas prefería tomar al mejor equino y partir a donde solo dios sabia; muchos criados comentaban que se arto del marido por ello busco a un amante, otros perjuraban en vano “son manías de mujer herida, mal satisfecha”.

El patrón andaba siempre de un lado a otro en la casa, podría dar mi vida que no ha de valer mucho para prometer que espiaba a la ama. Una tarde mientras llevaba al semental a su estancia, vislumbre como los señores desde una ventana lo miraban; ella con ternura, él con celos ¿Celos? No dormí bien esa noche, después descubrí por qué.

La mañana revestía el horizonte, sin embargo me percate de la salida del señor a una hora temprana, se veía su silueta en el fondo de colores naranjas azuladas, al mirar otra vez después de haberme frotado los ojos, preste atención a una gran cuerda y armas; las de chacha fina, las del patrón.

¿Para que querría esos instrumentos? ¿Casería?

Como cada alba la señora me pedía al corcel, acomode la silla, la ayude a subir, calle mi visión matinal y la diferencié perderse por el mismo sendero, bosquecillo de abedules.

Ahora puedo decir que me pesa la conciencia, al igual que ha él. Pues los dos disparos que escuche entre cortados por las ondas del viento, al igual que el berrido de animal, disiparon mis dudas; los matos, por qué, no lo sé o quiero ignorarlo ¿acto pasional?

Dime tú, acaso estoy igual de loco.

Artemisia Gentileschi

Enamorada

Yo quiero que me bese de la forma en que otros labios no han podido, y busqué en mi interior los secretos para vivir eternamente.

Ande, venga, lo invitó a nadar en mis palabras, perderse en los rincones de mi corazón, y encender las antorchas de mi alma.

Eleve el ancla de sus sentimientos, que el orgullo no revive amores, ni el pasado a los muertos.

Ya no tema, que el amor sabe valorar.

 

El falso autoestop

1

La manecilla del nivel de la gasolina cayó de pron­to a cero y el joven conductor del coupé afirmó que era cabreante lo que tragaba aquel coche.

—A ver si nos vamos a quedar otra vez sin gasoli­na —dijo la chica (que tenía unos veintidós años) y le recordó al conductor unos cuantos sitios del mapa del país en los que ya les había sucedido lo mismo.

El joven respondió que él no tenía motivo alguno para preocuparse porque todo lo que le sucedía estan­do con ella adquiría el encanto de la aventura. La chi­ca protestó; siempre que se les había acabado la gaso­lina en medio de la carretera, la aventura había sido sólo para ella, porque el joven se había escondido y ella había tenido que utilizar sus encantos: hacer autoestop a algún coche, pedir que la llevasen hasta la gasolinera más próxima, volver a parar otro coche y regresar con el bidón. El joven le preguntó si los conductores que la habían llevado habían sido tan de­sagradables como para que ella hablase de su misión como de una humillación. Ella respondió (con pueril coquetería) que a veces habían sido muy agradables, pero que no había podido sacar provecho alguno por­que iba cargada con el bidón y había tenido además que despedirse de ellos antes de que le diera tiempo de nada.

—Miserable —le dijo el joven.

La chica afirmó que la miserable no era ella, sino precisamente él; ¡quién sabe cuántas chicas le hacen autoestop en la carretera cuando conduce solo! El jo­ven cogió a la chica del hombro y le dio un suave beso en la frente. Sabía que ella lo quería y que tenía celos de él. Claro que ser celoso no es una cualidad muy agradable, pero, si no se emplea en exceso (si va uni­da a la humildad), presenta, además de su natural in­comodidad, cierto aspecto enternecedor. Al menos eso era lo que el joven creía. Como no tenía más que veintiocho años, le parecía que era muy mayor y que había aprendido ya todo lo que un hombre puede sa­ber de las mujeres. Lo que más apreciaba de la chica que estaba sentada a su lado era precisamente aquello que hasta entonces había encontrado con menor fre­cuencia en las mujeres: su pureza.

La manecilla ya estaba a cero cuando el joven vio a la derecha un cartel que indicaba (con un dibujo en negro de un surtidor) que la gasolinera estaba a qui­nientos metros. La chica apenas tuvo tiempo de afir­mar que se había quitado un peso de encima, cuando el joven ya estaba poniendo el intermitente de la iz­quierda y entrando en la explanada en la que estaban los surtidores. Pero tuvo que detenerse a un lado por­que, junto al surtidor, había un voluminoso camión con un gran depósito de metal que mediante una gruesa manguera llenaba de gasolina el depósito del surtidor.

—Vamos a tener que esperar un buen rato —le dijo el joven a la chica y salió del coche—. ¿Va a tar­dar mucho? —le preguntó a un hombre vestido con un mono azul.

—Un minuto —respondió el hombre.

Y el joven dijo:

—Ya veremos lo que dura un minuto.

Iba a volver al coche a sentarse pero vio que la chi­ca salía por la otra puerta.

—Voy a aprovechar para ir a hacer una cosa —Dijo ella.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó el joven intencio­nadamente, porque quería ver la cara que iba a po­ner.

Hacía ya un año que la conocía y la chica aún era capaz de avergonzarse delante de él, y a él le encanta­ban esos instantes en los que ella sentía vergüenza; en primer lugar porque la diferenciaban de las mujeres con las que él se había relacionado antes de conocerla, en segundo lugar porque sabía que en este mundo to­do es pasajero, y eso hacía que hasta la vergüenza de su chica fuera algo preciado para él.

Autor: Milan Kundera ❤

El libro de los amores ridículos

¿Para qué leer?

Para mí leer ha sido mi padre y mi madre

Mi padre de los 10 años fue Dante.

Mi madre Sor Juana.

Leer ha sido mi hermano

Un chiquillo risueño que mientras yo envejecía, él se hacia más joven.

Leer ha sido mi amante

No un hombre, no una mujer. Un ser al que amo, y aunque nos separemos y peleemos, siempre regresamos convertidos en extraños.

Sor Juana

Pero abre de par en par la soledad del círculo

Se nos ha dicho que pensemos libremente,

que estamos en nuestro derecho.

Retumba en el suelo esa propuesta, cuando descubres que no es un acto sencillo el de pensar

y luego ponerlo en orden,

además, no olvidemos que existe esa barrera donde terminas tú o yo cuando inician los otros.

Entonces que hacer con este dilema

¿nos convertimos en esquizofrenicos o los demás lo son?

¿Qué otro remedio queda cuando mi límite es el inicio de otro?

Escribir es una opción, pero no hay que olvidar lo peligroso que puede llegar a ser este ejercicio,

por eso hemos  de recomendar hacer calistenia antes de intentar abrir la soledad del círculo.

Círculo

Letanía

¿Escribir?

 

Escribo

por que quiero más tiempo.

Soy avariciosa.

Escribo

para los presentes que se ausentan.

Escribo

para que de la tierra crezca un suspiro

y de la noche una lagrima.

Escribo

como las abejas; en círculos y hacía el infinito.

Escribo

a veces, con fiebre en los huesos,

a veces, con humedad entre las piernas,

Escribo

para que del silencio nazca un grito.

¿Y tú para qué escribes?