Apuntes del celular para evitar dormir en el Bus

1. El día que descubrí que ya no era correcto llamarte mi amor, desperté.

2. Me fui haciendo humo y constelaciones.

3. Me paré al borde del tazón de cereal, desayuné chococrispis. Quise huir de casa, no regresar a la escuela.

4. Yo no quiero amistades con olor a desamor. No quiero el cupón de sigue participando. Es mejor mandarse a la chingada bien y bonito. Antes de volverse a romper el corazón.

5. La ausencia es muerte.

*Tomado de mi diario personal

bus

Enamorada

Yo quiero que me bese de la forma en que otros labios no han podido, y busqué en mi interior los secretos para vivir eternamente.

Ande, venga, lo invitó a nadar en mis palabras, perderse en los rincones de mi corazón, y encender las antorchas de mi alma.

Eleve el ancla de sus sentimientos, que el orgullo no revive amores, ni el pasado a los muertos.

Ya no tema, que el amor sabe valorar.

 

El falso autoestop

1

La manecilla del nivel de la gasolina cayó de pron­to a cero y el joven conductor del coupé afirmó que era cabreante lo que tragaba aquel coche.

—A ver si nos vamos a quedar otra vez sin gasoli­na —dijo la chica (que tenía unos veintidós años) y le recordó al conductor unos cuantos sitios del mapa del país en los que ya les había sucedido lo mismo.

El joven respondió que él no tenía motivo alguno para preocuparse porque todo lo que le sucedía estan­do con ella adquiría el encanto de la aventura. La chi­ca protestó; siempre que se les había acabado la gaso­lina en medio de la carretera, la aventura había sido sólo para ella, porque el joven se había escondido y ella había tenido que utilizar sus encantos: hacer autoestop a algún coche, pedir que la llevasen hasta la gasolinera más próxima, volver a parar otro coche y regresar con el bidón. El joven le preguntó si los conductores que la habían llevado habían sido tan de­sagradables como para que ella hablase de su misión como de una humillación. Ella respondió (con pueril coquetería) que a veces habían sido muy agradables, pero que no había podido sacar provecho alguno por­que iba cargada con el bidón y había tenido además que despedirse de ellos antes de que le diera tiempo de nada.

—Miserable —le dijo el joven.

La chica afirmó que la miserable no era ella, sino precisamente él; ¡quién sabe cuántas chicas le hacen autoestop en la carretera cuando conduce solo! El jo­ven cogió a la chica del hombro y le dio un suave beso en la frente. Sabía que ella lo quería y que tenía celos de él. Claro que ser celoso no es una cualidad muy agradable, pero, si no se emplea en exceso (si va uni­da a la humildad), presenta, además de su natural in­comodidad, cierto aspecto enternecedor. Al menos eso era lo que el joven creía. Como no tenía más que veintiocho años, le parecía que era muy mayor y que había aprendido ya todo lo que un hombre puede sa­ber de las mujeres. Lo que más apreciaba de la chica que estaba sentada a su lado era precisamente aquello que hasta entonces había encontrado con menor fre­cuencia en las mujeres: su pureza.

La manecilla ya estaba a cero cuando el joven vio a la derecha un cartel que indicaba (con un dibujo en negro de un surtidor) que la gasolinera estaba a qui­nientos metros. La chica apenas tuvo tiempo de afir­mar que se había quitado un peso de encima, cuando el joven ya estaba poniendo el intermitente de la iz­quierda y entrando en la explanada en la que estaban los surtidores. Pero tuvo que detenerse a un lado por­que, junto al surtidor, había un voluminoso camión con un gran depósito de metal que mediante una gruesa manguera llenaba de gasolina el depósito del surtidor.

—Vamos a tener que esperar un buen rato —le dijo el joven a la chica y salió del coche—. ¿Va a tar­dar mucho? —le preguntó a un hombre vestido con un mono azul.

—Un minuto —respondió el hombre.

Y el joven dijo:

—Ya veremos lo que dura un minuto.

Iba a volver al coche a sentarse pero vio que la chi­ca salía por la otra puerta.

—Voy a aprovechar para ir a hacer una cosa —Dijo ella.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó el joven intencio­nadamente, porque quería ver la cara que iba a po­ner.

Hacía ya un año que la conocía y la chica aún era capaz de avergonzarse delante de él, y a él le encanta­ban esos instantes en los que ella sentía vergüenza; en primer lugar porque la diferenciaban de las mujeres con las que él se había relacionado antes de conocerla, en segundo lugar porque sabía que en este mundo to­do es pasajero, y eso hacía que hasta la vergüenza de su chica fuera algo preciado para él.

Autor: Milan Kundera ❤

El libro de los amores ridículos

¿Para qué leer?

Para mí leer ha sido mi padre y mi madre

Mi padre de los 10 años fue Dante.

Mi madre Sor Juana.

Leer ha sido mi hermano

Un chiquillo risueño que mientras yo envejecía, él se hacia más joven.

Leer ha sido mi amante

No un hombre, no una mujer. Un ser al que amo, y aunque nos separemos y peleemos, siempre regresamos convertidos en extraños.

Sor Juana

Pero abre de par en par la soledad del círculo

Se nos ha dicho que pensemos libremente,

que estamos en nuestro derecho.

Retumba en el suelo esa propuesta, cuando descubres que no es un acto sencillo el de pensar

y luego ponerlo en orden,

además, no olvidemos que existe esa barrera donde terminas tú o yo cuando inician los otros.

Entonces que hacer con este dilema

¿nos convertimos en esquizofrenicos o los demás lo son?

¿Qué otro remedio queda cuando mi límite es el inicio de otro?

Escribir es una opción, pero no hay que olvidar lo peligroso que puede llegar a ser este ejercicio,

por eso hemos  de recomendar hacer calistenia antes de intentar abrir la soledad del círculo.

Círculo

Letanía

¿Escribir?

 

Escribo

por que quiero más tiempo.

Soy avariciosa.

Escribo

para los presentes que se ausentan.

Escribo

para que de la tierra crezca un suspiro

y de la noche una lagrima.

Escribo

como las abejas; en círculos y hacía el infinito.

Escribo

a veces, con fiebre en los huesos,

a veces, con humedad entre las piernas,

Escribo

para que del silencio nazca un grito.

¿Y tú para qué escribes?

 

Por siempre tuya

La aceptación de un momento pasional no es más que tu mirada en mi boca.

Que tu cuerpo en llamas paseando por el mío como mariposa.

 

 

sin tener pruebas de tu amor,

solo mementos de pasión.

 

No tengo miedo de entregarme a ti, ni necesidad de demostrarte que te amo.

Siempre y cuando tenga en mi boca ese beso, que endulza mi alma, y aleja a la terrible soledad.

0

Límites. Paredones.

Rodillas quebrantadas por el dolor,

agonías ciegas.

 

ahora, sólo el tiempo

 

condenará al

sol que sale

en las colinas.

 

Cielo